La Torre Vigía es un periódico digital que ofrece noticias sobre el IES Torre del Tajo, centro educativo de Barbate. Informa sobre eventos, logros y actividades estudiantiles. Este proyecto pretende difundir entre la comunidad educativa los acontecimientos más relevantes del instituto.

Ganar el futuro con disciplina, esfuerzo y educación.

Algunos alumnos son tan cariñosos que, en lugar de acogerte con los brazos abiertos y hacerte sentir como en casa, prefieren que te quedes en la tuya directamente. Más de uno me ha conminado a volver a mi pueblo de origen. “¡A ver si te vas ya!” u “¡Ojalá hubieras sido tú quien estuviera de baja!” son algunas de las lindezas que soporto día sí y día también. Desearte que cobres sin trabajar y, por ende, sin aguantar faltas de respeto, es una de las mayores muestras de afecto que puede recibir un profesor. Acostumbrada a la salada claridad gaditana, una Barbie de extrarradio me tachó de «soso». Podría haberle aclarado que el salero no está incluido en mi salario. O que comparten la misma raíz porque antiguamente se pagaba con sal. Pero me limité a preguntarle si prefería que me sazonara con sal fina o gruesa. No les culpo.  Groucho Marx decía que jamás pertenecería a un club que admitieran a alguien como él de socio. Si para colmo de males tienes que acudir a ese club en contra de tu voluntad seis horas consecutivas durante cinco días de la semana, es comprensible que pagues tu frustración con la figura que encarna la poca autoridad que nos otorga el Estado. 

La educación pública no es valiosa porque sea para todos. Muchos la desprecian y pocos la aprovechan. La mayoría suele ser gregaria, ignorante y cobarde. O peor aún: ve El Hormiguero. Ya lo decía MarK Twain: “cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. Sin embargo, siempre hay honrosas excepciones que irradian un halo de luz al final del oscuro pasillo del frenopático de 1° ESO. Son mirlos blancos atrapados en un aviario plagado de cotorras, cuervos y pájaros de mal agüero y mal asiento. Hay que cuidar a todos esos alumnos que, con independencia de su intelecto y entorno, se afanan en superarse a sí mismos y conciben el aprendizaje como un fin en sí mismo y no como un método de tortura impuesto por los adultos. Por ese motivo, decidí retomar el club de lectura, como si la biblioteca fuese una extensión del Parque Natural de La Breña. Y los miembros del club, especies en peligro de extinción. El precedente del curso pasado no invitaba al optimismo. En dos semanas los alumnos inscritos dejaron de asistir a las reuniones de los jueves. Devolvieron los ejemplares de ‘La lección de August’ intactos. 

Desde que colgué un cartel informativo sobre la reapertura del club de lectura en el tablón de la biblioteca, E, una de las mejores alumnas de 1º ESO, se dedicó a preguntarme cuándo empezaría la primera reunión con la misma insistencia con la que sus compañeros me preguntan cuánto tiempo queda para el recreo. Pensé en entregarle una copia de la llave de la biblioteca para que dejara de seguirme por los pasillos.  En pocos días, convenció a su amiga L para que también se apuntara al club. Desde entonces, jamás han faltado a su cita semanal con la lectura. Devoran el bocadillo con una mano y agarran el libro con la otra. Ávidas de nuevas historias, entran ilusionadas a la biblioteca con un marcapáginas enorme incrustado en cada ejemplar. Al igual que Varys tenía “pajaritos” repartidos por los Siete Reinos que le chivaban todos los secretos de la corte, sospecho que la inspectora las ha contratado para evaluar mi labor docente. Siempre me formulan preguntas que me obligan a seguir la historia con atención. Como su capacidad de síntesis es asombrosa, procuro enseñarles a leer entre líneas. Durante la lectura de ‘Dos más dos y otros enigmas de mi adolescencia’, intenté que captaran algunos mensajes implícitos como el valor de la amistad, la importancia de relativizar los problemas o el peligro de los prejuicios.

Mientras que muchos alumnos se ríen de las dificultades de otros compañeros, E y L tranquilizan y animan a G cuando tartamudea durante la lectura en voz alta. M es otra de las lectoras ilustres del club. Tuve la suerte de ser su profesor de Valores éticos el curso pasado. Su curiosidad, su elocuencia y sus luminosas reflexiones me confirmaron que estaba ante otra “rara avis” extraordinaria. En uno de los últimos días del curso pasado, le regalé un cuadernillo de mitos grecolatinos. Sólo habían venido otros dos alumnos porque tenían que recuperar la asignatura, así que M y yo empezamos a leer un libro en silencio, como si preparáramos las sesiones del club desde junio por instinto. 

Siempre que suena el timbre anunciando el final del recreo, les doy las gracias por su asistencia. Esta mañana, E me contestó: “gracias a usted por enseñarnos, maestro, y por aumentar nuestras experiencias”.  Aún no es consciente de que la mayor lección me la han dado ellas a mí, demostrándome que el legado de la cultura está a salvo. Y que ‘El club de los poetas muertos’ tiene unas herederas muy dignas y vivas.

José Gabriel Real.

Categories:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *